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A las 6 y pico

Inédito: Un nuevo ritual

Inédito: Un nuevo ritual

Lo prometido es deuda, aquí va un cuento que nunca publiqué antes, para que no se aburran los antiguos de atra!

Un nuevo ritual

Ipy ha sido siempre una mujer exitosa. Ha cumplido cuarenta años (un logro muy poco común) y trajo al mundo a catorce hijos. Su cuerpo es fornido, sus partos fueron fáciles. Aún tiene dos hijos con vida (un varón y una mujer) y numerosos nietos. Siempre supo proporcionarse buenos y abundantes alimentos. Nació para triunfar.
Pero, últimamente, sus huesos comenzaron a dolerle y ha perdido agilidad. Los pocos dientes que le quedan le hacen difícil masticar, y ya le da miedo morder algo duro, porque varias veces se le ha quedado un diente clavado en un trozo de carne.
Ipy se ha apegado especialmente a su última hija y disfruta de su compañía; comparten la comida, juntan frutas, cazan liebres, atrapan peces en el río. Nunca se han separado desde que la niña nació, y su vínculo se ha ido fortaleciendo con los años. Si bien otros niños se apartan de sus madres en cuanto pueden valerse por sí mismos, borrando a sus progenitoras de sus memorias, la hija de Ipy encontró en su madre a su mejor compañera.
Pero hoy la jovencita ha amanecido a los gritos; Ipy intenta levantarla del sitio en que se halla tendida, pero la muchacha la rechaza y se convulsiona, retorciéndose. Su madre fija la vista en el vientre enorme de la niña de doce años, ve los espasmos, reconoce esos dolores; pero los gritos la ponen nerviosa y se aleja, buscando algo de calma. Se siente extraña. Toca su propio vientre, ya vacío desde hace algunos años, pero aún recuerda el dolor y lo que viene después.
Al final del día, se acerca a su hija esperando encontrar un bebé, pero no hay nada, y la niña continúa a los alaridos; tampoco acepta la comida que su madre le ofrece.
Dos días han pasado y, cada vez, Ipy comprende menos por qué no aparece el niño.
Al amanecer del tercer día, halla a su hija adormecida; por suerte, ya casi no se queja, pero no hay ningún bebé. ¿Dónde está? La madre se acerca a cada rato y, a medida que pasan las horas, su confusión aumenta, mientras la energía de su hija disminuye.
Finalmente, la halla profundamente dormida, con un niño entre sus piernas, aún atado a ella y rodeados por un charco de sangre. Ipy intenta cortar el cordón con los dientes, pero ya no tienen suficiente filo, así que usa una piedra cortante; luego coloca al bebé sobre el pecho de su hija, los arropa con el abrigo de piel de la niña y se va a dormir.
Al día siguiente, el llanto del niño retumba estridente. Pero algo extraño le sucede a la muchacha. Su madre la toca: está rígida como un trozo de madera. Se sobresalta, se queda mirándola por largo rato; siente algo horrible, aunque no sabe qué es.
Ipy toma al niño entre sus brazos, como tantas veces lo ha hecho con sus hijos, y lo acerca a su cuerpo, pero sus pechos ya estériles no pueden alimentarlo. Igualmente, continúa ofreciéndole su seno. El pequeño succiona con fruición hasta que, en vez de leche, brota sangre. El dolor la hace apartar a su nieto, pero continúa cargándolo sin saber qué hacer, mientras los llantos se hacen cada vez más fuertes.
Los restos de su hija han comenzado a oler. Tres hombres, el hijo de Ipy entre ellos, arrastran el cuerpo de la niña lejos del lugar. Ipy los sigue, llevando a su nieto entre sus brazos. Cavan un foso poco profundo y colocan en él el cuerpo hinchado, pero, antes de que alcancen a cubrirlo, Ipy toma una fruta de su bolsa de cuero y la coloca junto al cadáver, cerca de la boca. Los hombres la miran sin comprender, y terminan su trabajo.
El llanto del niño ha comenzado a debilitarse y su abuela se duerme junto a él. Al despertar, el niño ya no llora. Tampoco respira. Ipy lo carga y se adentra en el bosque, donde cava un pequeño foso y lo entierra, envuelto en el abrigo de su hija. Su hijo, curioso, la ha seguido y observa extrañado esta costumbre de su madre de colocar cosas útiles en los fosos de los muertos.
Ipy se siente enferma, aunque no le duele nada. Ya se ha sentido así antes, pero esta vez es peor. No sabe qué hacer consigo misma; va a buscar frutas, como solía hacer con su hija, pero el malestar aumenta. No se come el único fruto que encuentra, no tiene hambre. Se sienta en una piedra y se queda inmóvil, mirando al vacío.
Su hijo se sienta junto a ella, con un trozo de carne entre las manos; se lo muestra y la toma por la cadera, colocándose detrás de ella, como siempre ha hecho desde que dejó de ser un niño. Ipy se aleja. Su hijo insiste. Furiosa, lo rechaza con una contundente patada, no quiere aparearse ahora, no quiere nada. Su hijo le devuelve el golpe y se aleja a los gritos, llevándose la carne.
La temporada de frutas acaba de terminar, las liebres y los peces ya son demasiado rápidos para ella y su hijo no ha vuelto a acercársele para ofrecerle carne. La falta de alimento ha comenzado a consumirla, y la pérdida de fuerzas le hace cada vez más difícil conseguir sustento, sumiéndola en un círculo vicioso que, lentamente, va apagando su vida.
Desesperada por el hambre, un día quiere tomar un trozo de un animal que ha cazado un joven. La presa es grande y hay de sobra para él, su mujer de turno y ella. Ipy se acerca sigilosa a la pareja, tratando de pasar desapercibida. Arranca un pequeño trozo de carne e intenta correr, pero sus piernas ya no son lo bastante veloces y, antes de que logre alejarse, el muchacho le propina un fuerte golpe de puño en la cara y le quita el bocado. Él no lo sabe, pero acaba de golpear a su abuela. Dolorida y exhausta, Ipy se aleja de su nieto mayor, a quien ella tampoco reconoce, y se acurruca en un rincón apartada de los demás.
Allí pasa varios días, dormitando casi todo el tiempo, mientras su larga y productiva existencia va llegando a su fin. Una mañana, el olor de su cuerpo alerta al grupo. Su hijo y otros dos hombres arrastran el cadáver al bosque, hacen un pozo y lo colocan dentro. El hijo, en un impulso que no acaba de comprender, pone un hueso con carne junto a los restos de su madre. Los otros lo observan intrigados, y graban en sus memorias el nuevo y extraño ritual.
Terminado el entierro, los hombres comparten el producto de la caza del día anterior: una suculenta pierna de mamut.

Suenan las campanas

Suenan las campanas

Escribí estas líneas hace un par de días, no pretende ser un texto, sólo un recuerdo.



Acababa de bañarme y me estaba vistiendo, cuando las campanas de la catedral se colaron por la ventanita del baño. No sonaban con sus habituales melodías, sonaban como las campanas viejas, cada campanazo se quedaba reverberando en un eco extraño.
“Bueno, se murió el papa”- pensé.
Y, antes de que pudiera darme cuenta, mi mente se alejó más de un cuarto de siglo en el tiempo. Y una casa antigua, enorme, de techos tan altos que parecían llegar al cielo me acogió con su fría tibieza. Y ahí estaba ella, blanca como la nieve, con su eterno semi-luto y su delantal a cuadritos.
-Éste papa que eligieron es el primero que no es italiano en cuatrocientos años.- me contó.
-¿?
-Es polaco.
-¿¿??
-Antes siempre elegían italianos.
-Pero si el anterior era del país de tu papá....
-Por eso, era italiano.
-No, habías dicho que era del país del bisabuelo.
-Y sí...
-¿Y entonces por qué decís que éste es el primer papa que no es italiano en no sé cuántos años?
-¡¡Porque es polaco!!
-¡Pero si el que se murió no era italiano!
-¿Cómo que no?
-Vos me dijiste que no...
-¿¿Cómo que yo te dije que no??
-¡Me dijiste que era de donde era tu papá!
-¡¡¡¡Pero por eso mismo!!!!
-¿Pero entonces por qué decís que es el primero que....?
-¡Aaah!¡Dejame de embromar!- y se fue fastidiada para la cocina.
Yo me quedé enojada, mi abuela nunca me dejaba hablando sola. Ya por aquellos tiempos, tenía yo la costumbre de quedarme con cualquier nimiedad dándome vueltas por la cabeza durante horas, como si fuera el fin del mundo. En cuanto llegó mi madre, corrí a recibirla, ansiosa por contarle que la abuela me había dejado hablando sola y me había dicho cosas sin sentido. Y le conté el extraño diálogo. Mi abuela llegó justo a tiempo para escuchar a mi madre decirme:
-Es que Venecia está en Italia, nena, los venecianos son italianos.
-¿Entonces el bisabuelo era italiano?
-Claro.
Y la cara de culpa de mi abuela, por no haberme comprendido.
-Es que yo pensaba que ella sabía... - dijo afligida, como si se le hubiera caído una olla de agua encima mío.
Mi abuela podía llegar a sentirse culpable si mi sopa le quedaba apenas salada o si al peinarme me daba el menor tironcito o hasta por llegar cinco minutos tarde a buscarme a la escuela.
Y después, una nube de olvido. Escenas sueltas, fragmentos de infancia que vuelven ante el estímulo más inesperado. Y entonces, cuando las atrapo, las guardo con llave en algún rinconcito de mi mente, con la esperanza de que no se vuelvan a perder. Como tu voz, abuela, como el gusto de tus limonadas, como los cuentos que me leías, como tus historias del campo que me hacían volar con la imaginación a un mundo fantástico. Como esos muñecos de trapo que me hiciste, que aún guardo como reliquias de un tiempo mágico que ya apenas me pertenece.

Vale por un texto

Vale por un texto

* Bueno aquí debría ir unas letras sentidas pero hay un cortocircuito interno. A cambio les ofresco esta linda canción.

Adios amigos
(Andrés Calamaro)

Amanece ya y los ultimos invitados estan
poniendose sus abrigos o arrodillados,
llorandole a un Pescadas su borrachera cruel
o confesandole sus pecados a la pared.
Amanecera y los últimos que quedaban se irán
y esta vez soy yo que se queda en silecio y en soledad
No importa, pues se que la noche no tiene principio
ni tiene final.
Y en rigor a la verdad, la fiesta ya terminó.
Adios, amigos, adios
dejenme solo,
que alguien seguro compartira el ultimo trago.
Adios, amigos, Adios
un servidor se despide de vos
Llegara el momento de juntos volver a empezar


Pues eso, adios amigos.

El amor

El amor

Lo más bonito del amor es que se ahorra espacio. Dos personas que se aman, bien juntitas, ocupan menos que cada una por su lado, y así nos queda más sitio a los demás. Aunque a veces en el Metro... ya se sabe, parecería que todos estamos enamorados, y no es así, ¡pero esa es otra historia!

¡Qué bello sentimiento, el amor! Sin el amor, señores y señoras, serían absolutamente imposibles las telenovelas, y Gustavo Adolfo Becquer hubiera escrito:
¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... es aquel de allá.


Si no existieran los amores imposibles, no nos interesarían tanto las cosas imposibles.

Sin el amor, gastaríamos menos desodorante... ¡viva el amor, viva el amor! (Patrocinado por la industria de la perfumería)

Si no hubiera amores que matan, moriríamos todos de gripe y cosas así...

Y, sobre todo, sin el amor no seríamos tan locos, y eso sí sería una desgracia.

No murió, él lo mató.

No es de mi estilo este relato, pero lo escribí, y por aquello de salirse de mis esquemas, va como anónimo. Apuesten quien es su autor/a.

Estaba muerto, delante de él, tendido a sus pies, ya no parecía tan arrogante, ya no le daba ningún miedo. Le seguía pareciendo un cerdo, aquel a quien veía en el suelo le seguía pareciendo el mismo cerdo de siempre. Seguía teniendo la misma expresión de cabrón en sus labios rajados y torcidos, la misma cicatriz en su cara de puerco.
Ya no sentía miedo, y sentía un especial placer en caminar por el charco de sangre que había sobre el asfalto de la carretera, y empezó a saltar y la sangre le salpicó hasta la cara.
Estaba allí tendido, panza arriba, con los ojos muy abiertos, muerto, y le seguía pareciendo la misma horrible bestia de siempre y no le tenía miedo y le escupió a la cara una y otra vez.
Odiaba esa enorme barriga del muerto, esa cara roja y gorda y le hubiera gustado saltar encima y que explotara y cada cacho fuera a un lado distinto.
¡Estás muerto, hijo de puta, estás muerto¡ ¡Ya no le harás nada a nadie más¡
Y una carcajada que parecía la de un loco, pero era la de la justicia hecha venganza se dejó oír en el viento.
El viento no era más que carne fofa llena de grasa que podía alimentar varios días a una manada de hienas hambrientas, era una carne podrida que los gusanos irían horadando y que se iría secando al sol, pudriéndose y hediendo.
Y vomitó sobre el muerto, no porque le diera asco, sino porque le resultó muy grato hacérselo, se rió al verle la ropa llena de comida regurgitada y la cara llena de espumarajos.
¡Levántate, hijo de perra, levántate y vuelve a humillarme, vuelve a romperle los dedos a los negros y cortarles la lengua¡ ¡Y ahora arde¡ ¡arde¡ ¡arde¡
Y un humo muy gris y espeso se elevó sobre la calzada.
¡Ya puedo morir en paz¡ Ya soy feliz. No importa lo que pase. Ya ese cerdo cabrón hijodeputa ha dejado de andar. Tenía que haberle cortado los cojones antes de matarle.
Y se fue despacio, sobre su cabeza se veía el humo ya sin llama y dejó un cacho de carbón sobre el asfalto, sin forma, sin nada.
Rosa, María, José, Antonio y mil jóvenes y niños habían sido vengados por fin, ya no temblarían al oír aquel vozarrón de negrero, ya no se esconderían en los rincones al ver su figura de cerdo gordo a través de los alambres de los barracones, ya no mataría a nadie mas, ya no torturaría a nadie, porque él lo había matado, y sin embargo, al matarle sólo pensó en lo que le había hecho a él, en aquella casa de madera, pero ahora estaba más feliz, porque sin nadie decírselo, en muchos sitios darían un abrazo y una medalla al hombre que mató a un cerdo.

Que alguien me diga algo bueno de mí.

¡¡Que alguien me diga algo bueno de mí!!
Por favor, lo necesito.
¿Por qué a veces te sientes tan maravillosa mientras que otras es como si una fueras lo peor que ha existido?
Son tantas las ocasiones en las que te gustaría siemplemente desaparecer; si fuera así de sencillo... Fantaseas con la idea, imaginas las caras que pondrían al verte colgada de una soga prendida en el techo. Sí, entonces se darían cuenta de lo que han perdido; entonces se arrepentirían de haberte gritado, de haberte tratado mal, de hacerte sentir tan a menudo como una puta mierda.
Yo estoy muy cansada, y sé que no tengo derecho ni de pensar en semejante barvaridad, cuando existen tantas personas que lo pasan infinitamente peor que tú, cuando el mundo está tan lleno de injusticias, bla, bla, bla. Pero yo también tengo mis problemas, y por mínimos que sean, éstos me afectan.
En estos momentos pienso que sólo tengo problemas, y por si fuera poco, encima parece que los doy. ¿Para qué sirvo?¿Para qué estoy aquí?¿Saldré algún día de la gran mierda en la que estoy metida? A veces parece que todo ésto durará eternamente, y yo no tengo paciencia para tanto.
Por otro lado sé que no puedo permitirme el desaparecer. Alguna vez me he visto envuelta en situación peligrosa, y he llegado a pensar que de ésa me mataba, entonces es cuando de verdad he deseado vivir con todas mis fuerzas, pero no por mí, por mi madre.
Mi madre ya perdió una hija y no puede perder otra, éso es lo que me repito a mí misma, y lo que hace que tenga que sacar fuerzas de donde no las hay.
A veces no sé qué pasaría si en mi familia no hubiera muerto ninguna hija.
Creo que lo mejor será que pida hora con el psicólogo.

EL ABUELO

EL ABUELO

EL ABUELO

-Hola, abuelo, como estás.
-Estoy mal, hijo, no me encuentro bien. Siento como si un huracán avanzara desde los pies hacia la cabeza, que lo arrasa todo. Me temo que si prosigue avanzando, el final está próximo.
-No digas eso, abuelo.
-Si hijo, sí, yo me puedo equivocar, pero a ti no te puedo mentir. Sabes muy bien que tú eres mi nieto preferido, mi confidente, mi amigo del alma. Hemos hecho mucho camino juntos montando a Azabache y a Paloma. Es el mejor de los recuerdos que me llevo a la otra vida. Dame la mano, hijo, quiero pedirte que cuides mucho de ellos y les das un beso de mi parte. También quiero que le des recuerdos a los almendros, a los frutales, a los olivos, y les dices que pueden dormir quinquilos, que ya no volveré a darles más veneno para beber. ¿Pero sabes, hijo? Tú eres lo que más siento perder de éste miserable mundo.
-No te preocupes, abuelo, que no te pasará nada y todo volverá a ser igual que antes.
-No, hijo, no. Creo ya he bebido el último cáliz de amargura, ahora todo depende de un suspiro, de un latido del corazón, de una firma que certifique que ya no pertenezco el reino de los vivos.
-Abuelo, abuelo, por favor, no te vayas. Abuelo, no te vayas, quiero decirte lo que nunca te dije. Abuelo, ¿me oyes? Quiero decirte que te quiero con toda la fuerza de mi corazón. Ya no me oye, ya no está mi abuelo, soy un miserable.
Goreño

Adios

Adios

Fijo la mirada en el punto del horizonte en que te ví por última vez .Quizás no te ví , sólo te presentí , o te soñé .Fue duro decirte adios , despedir al fantasma que ocupaba todo. Me obligué a sonreir , erguir la espalda , levantar la barbilla y mirar al frente.Me forcé a retener los latidos de mi corazón y las lágrimas que aguardaban tras los ojos para salir . Tragué saliva intentando deshacer el nudo de la garganta , levanté un brazo y una mano pesados como lápidas de mármol y con un gesto que pretendí indiferente , te dí la espalda y caminé sobre la falsa seguridad que daban a mis pasos aquellos zapatos de tacón que tanto te gustaban.
Al doblar la esquina que apartaba tu ausencia de mis ojos me derrumbé sobre los escalones de una casa en ruinas , y , sentada en ellos , abracé mis rodillas y escondí la cabeza entre los brazos , llorando desconsalada mientras mi vida se alejaba prendida a la sonrisa que intento reconstruir mientras fijo la mirada en el punto del horizonte en que te ví por última vez.

¡ Soy Inocente !

Yo era inocente.
Yo era inocente hasta que me mataron. Estoy muerto.
Sobre mi ciudad ráfagas de violencia se desataron, fue sólo un instante, 10 minutos, en la noche fuegos fatuos iluminaron la madrugada. No comprendía nada.
¡ Puf ! Y ya está, un inocente, yo, había muerto y aquí me he encontrado con otro muerto y con otro y con otro y con ..... , y me han dicho: Estamos muertos.
Yo era inocente , pero ...
¡ ¿Qué se creen los hombres ? !
¡ ¿Se creen Dioses? !
¿Pueden decidir sobre la vida y la muerte? .
Grito muy fuerte, pero nadie me oye. ¡ Soy Inocente ! .
Y, un niño ¿no es también inocente? . Si. Y yo le estoy viendo, está muerto conmigo.
Guerra. ¡ ¿Qué se yo de la guerra? !
Hay un soldado conmigo y me dice que os diga estas palabras que no son suyas, pero que aceptó y piensa como ellas :
- La guerra para quien la trabaja.
Me dice que las leyó en una pintada y que él, soldado, también era Inocente.......

Reflexiones dominicales (II)

1 - Sobre los resultados del primer domingo de mi experimento

De acuerdo con el carácter experimental de este escrito, la primera cuestión es analizar los resultados de la entrega anterior, y así seguirá siendo en entregas sucesivas. Según el planteamiento original (Reflexiones dominicales (I) - 1) los datos a considerar son las críticas recibidas al exponer mi escrito al público lector. Sin embargo, debo corregir este planteamiento, o mejor dicho matizarlo. Aparte de los comentarios que han hecho otras personas, consideraré mi propia lectura como dato adicional. Esto es sólo un matiz, pues la reacción de un autor ante la lectura de su propio escrito no deja de ser la reacción de un lector más, en ocasiones el más crítico.

La reacción del autor

Toda obra artística ha de tener unidad. Esta unidad puede significar cosas distintas según el tipo de obra (la unidad de acción que pediríamos a una novela, por ejemplo, no sería la misma unidad que pedimos a una obra pictórica, etc.). Dentro de esa unidad, según han convenido muchos expertos en materias estéticas, debe darse la variedad, siendo un requisito importante del estilo (necesario, pero no suficiente) la variedad dentro de la unidad. En el caso de estas reflexiones sin tema común, parecería que la variedad está dada en el planteamiento, mientras que la unidad es mucho más dudosa.
Lo cierto es que ya me había planteado esto antes de comenzar a escribir. Al no fijar una temática común para mis reflexiones, ¿de dónde vendría la unidad? Mi idea inicial era que la obra tuviera un tono uniforme, y por esa razón fijé el domingo como día para escribirla. El domingo tiene, a mi juicio, su propio tono, más que cualquier otro día de la semana. Al menos, yo soy especialmente sensible al tono pausado, a la atmósfera lánguida, a la pereza del domingo. Desarrollaré algo más esta idea en una reflexión aparte: de momento queda apuntada.
Como decía, esa era mi intención primera: el tono dominical, trasladado de mi ánimo a mis letras, unificaría esta serie de reflexiones. Sería el marco donde incluir la variedad que aportarían los distintos días (los domingos sucesivos) y mis diversas inquietudes: la vida que transcurre, en definitiva.

Por esta razón, consideré que quizá no sería necesario que mis divagaciones se ajustaran a un tema común. Sin embargo, releyendo las reflexiones que constituyen la primera entrega, sí encontré cierta unidad temática: no lo había planeado, pero ahí estaba. Estos tres apartados, tenían los siguientes títulos:
1 - Sobre estas reflexiones
2 - Sobre la muerte de Juan Pablo II
3 - La estética difusa
En principio, nada presagia que exista un hilo conductor, y sin embargo, podría haber titulado los apartados así:
1 - Lenguaje y literatura
2 - Persona y personaje
3 - Verdad y estética
Así, puede advertirse una relación entre las partes: una unidad en el conjunto. En los tres casos hay dos elementos: uno pertenece al campo del arte (literatura, personaje, estética), otro a la vida real (lenguaje, persona, verdad). Se puede decir, por lo tanto, que lo que hice fue analizar la relación entre el arte y la realidad. Que esto suceda sin que me lo haya propuesto, ¿es simplemente una casualidad? Quizá, pero creo que el hecho merece su propia reflexión.

He postergado dos reflexiones (acerca del domingo, acerca de la extraña coincidencia que acabo de señalar) para no alargar demasiado este primer apartado. De momento, sólo señalo que mis reflexiones dominicales apuntan, en su primera entrega, a una imprevista unidad temática.

La reacción de los lectores

Imagino que cualquier obra literaria debe resignarse a suscitar una reacción que no depende únicamente de sus propios méritos. A menudo influyen el capricho, las modas, la idea previa que el público y la crítica tengan del autor (si tienen alguna), los intereses de la industria editorial, etc. Ni siquiera cabe esperar que la obra sea juzgada con ecuanimidad cuando ha pasado mucho tiempo: o bien la obra se ha olvidado (y entonces no es juzgada en absoluto) o se ha convertido en un clásico, y esto provoca un prejuicio en el lector, por el prestigio que ha adquirido dicha obra. En el caso que nos ocupa, el de un autor inédito, la cuestión no es muy diferente. El público lector se reduce, por lo general, a personas más o menos conocidas por el escritor, y que por lo tanto tendrán habitualmente un prejuicio a favor o en contra del mismo.
Dicho esto, creo que el mejor sistema que uno puede adoptar frente a las críticas es, en caso de duda, considerarlas justas e imparciales, como si dependieran sólo de los méritos de la obra y las diferentes sensibilidades de los lectores. No merece la pena distinguir entre críticas parciales e imparciales precisamente porque siempre serán del primer tipo. De momento haré como si perteneciesen al segundo porque no me interesa juzgar los prejuicios de mis lectores, sino los méritos de mi obra.

Publiqué la primera entrega de estas reflexiones en una página de Internet donde varios autores cuelgan sus textos y los lectores (en la mayoría de los casos, los mismos colaboradores) pueden dejar comentarios a cada texto.
Estos comentarios son la clave para juzgar el éxito de cada texto. No hay manera de saber el número de lecturas de cada texto, de forma que la cantidad de comentarios sería la mejor aproximación. Aparte de la cantidad, puedo considerar la calidad de los comentarios: si son buenas o malas críticas.

Hablaré primero de la cantidad:
En el caso que nos ocupa, el texto recibió diez comentarios, dos de ellos repetidos (seguramente a causa de problemas técnicos): ocho personas comentaron el texto, por lo tanto. Para comparar, veamos cuántos comentarios recibieron los diez últimos textos que he colgado en la misma página:
(Nota: excluyo dos textos que no son realmente literarios, sino comentarios sobre el funcionamiento de la propia página web, y mis reflexiones dominicales)
Negro (relato breve): 20 comentarios
Billete herido (reflexión): 11 comentarios
Leyendas del dios patudo: la araña y el misionero (relato breve): 7 comentarios
Habrá que hacer algo (poema): 7 comentarios
Tambores de guerra (relato breve): 7 comentarios
Rebeliones, elevaciones y demás pataletas (relato breve): 7 comentarios
Época contradictoria (reflexión): 4 comentarios
Pájaro (relato breve): 4 comentarios
Ajedrez (relato breve): 3 comentarios
Las voces (relato breve-prosa poética): 2 comentarios
La media de comentarios es, por lo tanto, 7,2. Mis reflexiones dominicales están un poco por encima de la media en cantidad de comentarios, y puede conjeturarse que también en cantidad de lecturas. Puede considerarse que el texto ha tenido un éxito discreto, juzgando según este criterio.

En cuanto a la calidad de las críticas, la mayoría son bastante positivas, algunas de ellas incluso entusiastas, y ninguna negativa. Sólo se me reprocha que escriba reflexiones dominicales, siendo el domingo un día para descansar: acerca de esto, ya aclaré que confiaba en que el ambiente dominical aportara unidad a mi escrito. Otro lector me comentaba que podría ampliar la segunda reflexión (sobre la muerte de Juan Pablo II): quizá lo haga aún.
Ya dije que consideraría las críticas como si fueran imparciales, aún sabiendo que no pueden serlo del todo. Si no fuera por eso, podría deducir que tengo unos amigos muy majos y generosos, pero no: mi deducción es que “Reflexiones dominicales (I)” gustó.

Conclusiones

La primera conclusión de mi análisis de los resultados del experimento la está leyendo el amable lector. Ya dije que abandonaría el experimento cuando la gente empezara a aburrirse de leerme. Ya que la primera entrega fue bien recibida, he aquí la segunda.

Esa primera conclusión es consecuencia de la reacción de los lectores. ¿Qué conclusiones puedo deducir (o por lo menos aventurar) de la imprevista unidad en los temas de mis primeras reflexiones? Como ya dije antes, esto merece una reflexión aparte:

2 - Sobre las relaciones entre arte y realidad, y cómo este tema invade mis reflexiones dominicales

Ya he planteado en el apartado anterior el hecho que trato de analizar, y además he aventurado una primera hipótesis que lo explicaría: la casualidad. La consistencia de esta hipótesis podrá juzgarla el lector. Se trata, sencillamente, de una cuestión probabilística. Dadas tres divagaciones dominicales cualesquiera, ¿cuál es la probabilidad de que todas tengan un tema común?
¿Sencillamente una cuestión probabilística, dije? “Probabilística” quizá, pero no sencillamente. La pregunta que planteaba en el párrafo anterior no es nada fácil de contestar. Ni siquiera es fácil determinar exactamente de qué estamos hablando cuando decimos que el tema de las reflexiones es común. Se podría decir que, dadas n reflexiones, siempre habrá un tema común, en el peor de los casos serían “reflexiones acerca de algo”. La probabilidad que cuestionamos depende de lo concreto o lo amplio que sea el tema que une las divagaciones. Obviamente, “las relaciones entre arte y realidad” es un tema mucho más concreto que “algo”, pero sigue siendo bastante amplio.
Queda, pues, planteada la hipótesis, pero poco más se puede decir para confirmarla o refutarla.

Lo que sí se puede hacer es considerar otras posibilidades.
Por ejemplo, que el tema en cuestión sea bastante importante para el autor, de manera que, aún dejando que las ideas lleguen solas a su mente sin ningún plan previo, un mismo tema se repita una y otra vez, porque es algo que está ahí, en la mente del autor (en mi mente) siempre o casi siempre, en un estado más o menos latente. Esta explicación tiene dos méritos: es sencilla, y no deja de tener algo de cierto. El tema me importa, y mucho. Como escritor, trato de crear, como persona trato de vivir; como ambas cosas, trato de vivir (lo más intensamente posible) la creación, y crear o recrear la vida. En fin, vivo la literatura (en estos momentos, vivo a través de Thomas de Quincey las aventuras de los tártaros huyendo de la zarina) y también quiero trasladar mi vida a la literatura, quiero que mi vida sirva para crear literatura (en estos momentos, obviamente, trato de hacer literatura con mis divagaciones dominicales). No es tan extraño, pues, que escriba tres reflexiones acerca de las relaciones entre arte y realidad, incluso sin haberme planteado hacerlo.

No es, sin embargo, suficiente esta explicación: otros muchos temas me ocupan y me interesan. Adoptaré otro punto de vista para tratar de buscar más pistas que aclaren la cuestión. Hasta ahora he considerado las tres reflexiones como sucesos independientes, y en gran medida lo fueron. Sin embargo, surgieron seguidas, en un intervalo de tiempo bastante limitado, y esto también puede ser importante.
La primera reflexión, la que introduce esta serie de reflexiones, trataba de la literatura y el lenguaje. Que empiece hablando de la literatura es bastante normal, pues una vez que me he propuesto escribir sin ningún planteamiento previo, que el primer tema sea el hecho que tengo más a mano, el hecho de estar escribiendo un texto con pretensiones literarias, no tiene nada de sorprendente. Sobre todo porque es una ocupación de lo más extraña. El arte, en general, es una ocupación extraña: se ha estudiado por activa y por pasiva, se han desarrollado mil teorías para explicar sus propósitos y sus reglas, pero jamás se han podido desvelar sus secretos. La literatura es aún más extraña pues dentro de las bellas artes es un caso bastante raro. Podemos explicar el efecto de la pintura, por ejemplo, o la música, con el concepto de belleza. La belleza, según se experimenta al contemplar un cuadro o al oír una pieza de música (o al ver una puesta de sol) es una respuesta inmediata del individuo a cierta forma de disponer un conjunto de estímulos sensoriales: los colores en el espacio, los sonidos en el tiempo. A eso nos referimos cuando decimos que un cuadro, por ejemplo, es bello. No necesita significar nada, la belleza, en este caso, es algo que se percibe con los sentidos y no con la razón. ¿A qué nos referimos, en cambio, cuando decimos que un poema es bello? El disfrute de un poema no es, ciertamente, sensorial. No es que apreciemos las formas de las letras en el papel. Un poema leído en voz alta puede parecernos “musical”, y podemos decir que los sonidos de los que se compone son bellos. ¿Es éste el valor que encontramos en un poema? No lo creo. Como música, el poema más musical palidece si se compara con una pieza de Beethoven, por ejemplo. Lo importante de las palabras es su significado (propongo un experimento: tómese el poema más musical que conozcamos, cámbiese cada palabra por otra que no signifique nada pero que no varíe mucho en el sonido, ¿qué quedará del poema tras esta mutación?). Es en el significado donde encontramos la belleza, y esto me parece misterioso. Todo esto me lleva a plantearme la naturaleza del lenguaje y sus capacidades estéticas, el segundo término que considero en mi primera reflexión dominical. Y todo esto, a mi juicio, explica satisfactoriamente por qué ese fue el tema que elegí en primer lugar.
Después reflexionaba acerca de la muerte de Juan Pablo II (acontecimiento que ha dado mucho que hablar en los medios de comunicación), y me preguntaba si debía considerarle como persona o como personaje. La idea no es que sea muy novedosa, pero lo que cuestiono ahora no es la idea en sí, sino el hecho curioso de que esa idea tenga muchos puntos en común con la que me acababa de plantear unos minutos antes. Quizá esto se deba a que el pensamiento es un continuo, y no pasamos de considerar una cuestión a considerar otra sin transición, sino que necesitamos un hilo conductor. Al fin y al cabo, alguna razón tiene que haber para que surja una idea y no otra, y en ausencia de un estímulo externo que desvíe nuestra atención de lo que estábamos planteando hacía un momento, quizá sea lo más natural que relacionemos (en este caso inconscientemente) los temas que vamos tratando.
En tercer lugar, recordaba un libro que había intentado leer, precisamente un libro que trata de la estética pero que además plantea una relación entre la estética y la vida, como había hecho yo en las reflexiones anteriores. De nuevo, ¿es de extrañar que precisamente me acordase de ese libro y de ese planteamiento, justo en el momento en el que estoy planteando ideas muy similares? Ignoro qué mecanismo usó mi mente para traer ese recuerdo preciso en ese preciso instante, pero seguramente la asociación con otros temas que acababa de tratar fue un factor que intervino en el proceso.

Sea como fuere, sucede que mis divagaciones dominicales han tratado hasta ahora de un mismo tema, las relaciones entre arte y realidad, o vida y belleza, o estética y... En fin, ¿acaso hoy he hablado de otra cosa? Quizá sea el destino de estas reflexiones convertirse en una sola reflexión acerca de ese tema, ¿quién sabe? No era mi intención, pero ya dejó escrito Borges que las intenciones de los escritores son, a menudo, lo menos importante (creo que hablaba de Nathaniel Hawthorne, y su intención de moralizar con los extraños y maravillosos cuentos que escribió).

3 - Sobre el domingo (y sobre la noche del domingo)

Entre otras cosas, el día ha ido pasando por estas páginas. Escribo lentamente, pues es domingo y los domingos son días que no invitan a la prisa. También, quizá, porque soy un escritor lento... En fin, las horas han ido pasando (son las nueve) y lo que empezó siendo una tarde de domingo ya es una noche de domingo. Que entre también la noche en estas páginas, pues. Ahora, como he anunciado, toca hablar del domingo, de su atmósfera especial, o de lo que yo percibo como su atmósfera especial. Antes de eso, quería dejar anotado ese suceso tan cotidiano, tan normal, y tan misterioso: ha caído la noche; la ciudad se ha convertido en una constelación de ventanas luminosas y el cielo, imitándola, muestra sus estrellas (en realidad, está nublado, pero ¡por favor! ¡permítanme que poetice un poco!); el mundo se ha llenado de sombras y misterios... No me importa que los fantasmas de la noche invadan mis letras ¡al revés, les invito a hacerlo! Que me cambien de lugar las comas y las preposiciones. ¡Adelante! Quizá tenga algo bueno ser un escritor lento, si las horas enriquecen el texto.

Volvamos al domingo, al día entero y no sólo la noche. Ya he adelantado que es un día que no invita a las prisas. Por cierto que esto me recuerda un ensayo que he leído hace poco, de Thomas de Quincey (sí, el mismo de los tártaros). En ese texto se disculpaba por la prisa con la que se veía obligado a escribirlo. Afirmaba que la prisa podía perjudicar el estilo, pero que quizá fuera también una ventaja a la hora de escribir acerca de un tema que ya había meditado previamente, pues le obligaba a sintetizar el tema y reducirlo a sus ideas fundamentales. Mi caso es el contrario: no hay ninguna prisa, tampoco hay ningún tema que tenga que agotar. No tengo ideas fundamentales, ni nada que se le parezca. El domingo relaja las categorías. En cuanto al estilo, tengo todo el tiempo del mundo para elegir las palabras... sin que ello signifique que espere superar a un De Quincey apresurado: sigue habiendo categorías, relajadas pero categorías al fin y al cabo.
En fin, el domingo es un día sin prisas. Un día para divagar, para dar rodeos sin necesidad de discriminar entre lo que es fundamental y lo que no lo es, pues también es un día sin obligaciones. Es un día para descansar, como me recordaba un lector, pero también es un día para ocuparse de minucias.

El domingo tiene su precedente mitológico. Según la mitología judeocristiana, hubo una primera semana que inició la larga serie de semanas que llamamos tiempo. Esa semana sucedió lo siguiente: de lunes a sábado, Dios creó el mundo, puso cada cosa en su sitio, asignó a cada ser su finalidad; el séptimo día, Dios descansó. Algo debió pasar ese primer domingo, mientras Dios descansaba. Precisamente, debieron relajarse las categorías, como decía antes. Si cada cosa estaba en su lugar, si todo tenía su finalidad, ¿por qué se mezcló todo, porque el mundo se nos presenta sin ninguna finalidad, sin orden preestablecido? Algo debió pasar...

4 - Sobre las oportunidades perdidas

Si hubiera recibido una educación científica suficiente, podría haberme dedicado a escribir manuales de divulgación con gran éxito de público y crítica. Atraparía a los lectores con mi esmerado y ameno estilo, y convencería a los expertos más puntillosos con mi rigor. Una vez conseguido esto, ya podría empezar a inventármelo todo. Mis cándidos lectores aprenderían por qué las cosas caen hacia arriba, y se asombrarían con el delicado vuelo del hipopótamo.

Pero no, estudié una carrera técnica y aquí me tienen escribiendo reflexiones dominicales...

El error o play

El error o play

On.
CD.
Play.

“Quiero dormir pero no puedo cerrar los ojos
pensando en ti y en donde debes estar ahora...
Te fuiste pero estás aquí esta canción es para ti...


En un ejercicio mas torpe que temerario, en realidad no pensó qué estaba haciendo, puso en el equipo de música un viejo CD de tiempos azules y noches estrelladas, un tiempo en que la distancia no existía, y todo era posible con solo quererlo. Tiempo de noches en vela con el corazón en un puño sonriéndole a la vida y dando la cara al huracán. Se destapó la caja de Pandora, el tiempo del árbol de la magia y de la inocencia voló desde una ciudad austral verde y lluviosa hasta el otro lado del Atlántico haciéndolo estremecer. Un pequeño clavo oxidado de melancolía le hizo recordar que en un tiempo no fue un canalla, que no siempre fue el amable traidor en que se ha convertido y que ahí dentro muy escondido bajo una dura coraza habita un corazón venido a menos, mustio, hastiado, quebradizo, ahogado por el férreo puño de la realidad. Una ciudad en ruinas es lo que queda, desperdigados montículos de piedra a lo largo de un pequeño valle que en un tiempo fue verde, grande, productor de sueños inalcanzables grabados en cometas de colores, y de árboles de algodón de azúcar. Pero eso es historia.

Stop.
Off.

Life is a long song

Life is a long song

*“La vida es una canción larga” y este estribillo hace tiempo que me tiene cansado.

Huí al desierto para escapar de mi soledad. La única razón para semejante tontera es que me contradigo, y me pierdo, siempre me pierdo y llego tarde y derramo el café. Pensé que en medio de la nada “mi soledad” sabría lo que es “la soledad”, pensé que esa sería la única forma en que escarmentaría y definitivamente pasaría sus ratos de ocio en otro pagos, lejos de mi. Hubo un tiempo en que teníamos escarceos amorosos a altas horas de la madrugada bajo el influjo de grandes cantidades de vino y otras tantas de tabaco. Ahí bajo al directa influencia de la Cruz del sur, primero fuimos amigos y luego amigos con ventaja o amantes, de cualquier forma como dicen que del amor al odio hay un paso, bueno ahora… ¿le odio?, no; no soy un amante ingrato, me basta con perderla bajo este sol verdugo y que se abrace a kilómetros de nada y me deje de una vez en paz. **“Y como las cosas malas de esta vida provienen siempre del cielo” que mejor que este cielo limpio azul, azul, sin ninguna nube para que el viejo sol verdugo le juzgue por intentar enamorar a los hombres pintándoles sueños en technicolor o ilusiones Ruiz de la Prada para que luego con un golpe duro, directo en el estómago y un gancho directo al mentón se enteren de la sórdida realidad que se esconde en las raíces de la ilusiones. No, no busco venganza, por que sé que más temprano que tarde buscaré sus besos húmedos, sus senos turgentes y su dulce voz en mitad de la noche, medio borracho, tal vez de nuevo en este mismo desierto cuando me vuelva a invadir la soledad.

*Life is a long song, Jethro Tull
** No se precisa decir a quién pertenece esa frase ¿o sí?.

LA PEQUEÑA VIOLETA

¡Uno………dos……..tres…….cuatro……cinco.....seis…siete..8…..9 y 10! ¡Ya voy!

La pequeña Violeta no juega en el patio.
Nunca saca las manos de los bolsillos mientras se divierten los demás. Los observa con envidia, casi se diría que quiere echar a correr tras ellos y seguirlos, pero sus piernas no quieren andar.
Nunca merienda en el recreo. Le llega el aroma del chorizo y del pan tierno, pero no dice nada. Los devora en la distancia de su aislamiento, se le cae la baba, pero nunca trae nada para merendar.

Se pasa el recreo entre risas y alborotos. Violeta, sin sacar las manos de los bolsillos, entiende que hay que volver a clase porque los demás niños corren hacia la puerta y echa a andar despacio detrás.

La pequeña Violeta se escondió una tarde de juegos pensando que nadie la iba a encontrar.
Se quedó escondida detrás de la roca y ningún niño la encontró.

La pequeña Violeta tiene pesadillas por las noches y no se deja abrazar.
Se despierta gritando, sólo entonces habla, porque Violeta, hace mucho que quiso callar.

¡Uno………dos…….tres….cuatro…..cinco….seis…siete..8…..9 y diez! ¡Ya voy!

La pequeña Violeta no entiende de hadas, ni de gaviotas veloces que buscan sus lápices en el mar para pintar las crestas de las olas y le asustan los duendes y la oscuridad.
Sólo abre esos ojos de niña y me mira extasiada cuando le cuento la historia de la princesa que quiso volar sobre una flor de papel.
La pequeña Violeta no puede oír su nombre porque se pone a gritar, saca sus manos de los bolsillos, corre hacia la puerta, se agacha y se pone a temblar.

La pequeña Violeta apenas habla, apenas toca ni se deja tocar

Un día te encontré, pequeña Violeta. Me quedé en tus ojos añil de princesa triste y te aferraste a mi pierna.

Mi pequeña Violeta, la que no entiende de hadas ni de gaviotas veloces, la única de todos los niños que me supo encontrar.
Sacó sus manos de los bolsillos y me regaló una flor violeta de papel.
Ya no nos asustan los duendes ni la oscuridad. Ahora volamos juntas, mi pequeña Violeta y yo.

Venecia en la arena

Cuentan los viajeros que alguna vez han conseguido atravesar el desierto , que justo en sus límites , sobre la línea del horizonte , existe una ciudad dorada como la arena y transparente como el cristal de Murano . Juran que flota suspendida como una Venecia aérea , delicada marioneta sujeta a la nada por hilos invisibles.Sus habitantes , sirenas de colas irisadas , pasean sin preocupaciones por el aire caliente y espeso , provocando con sus movimientos arco iris de colores y reflejos de luz sobre las superficies que las rodean . Cuentan también que Luzbel , envidioso de su belleza , untó con miel sus colas que al volverse pesadas las arrastraron a la muerte más espantosa y lenta .Todavía hoy pueden escucharse sus llantos de dolor y desesperación que suenan dulces y bellos a los oídos del humano a punto de enloquecer de sed y de calor , y que le atraen como un imán al espejismo de una Venecia que flota vacía e imposible .

Laberinto

Laberinto

Llego tarde, derramo el café, me hundo en historias de papel, espero, abandono, no duermo, camino, recojo los sueños, intento, tropiezo, muerdo, vomito, maldigo, acepto, ¿renuncio?, desoigo, lastimo, me arropo, me pierdo, me pierd…, me pier…

¿Se habría perdido?, ¿sería posible?. En esa extraña ciudad con toda su historia colgando de los balcones y con todos esos ancianos paseando sus recuerdos por esas calles laberinto. Esos ancianos no se pierden, nacieron aquí, el no, el venía de un país lejano que cada noche le visita a eso de las 4 de la madrugada. Sucesivas imágenes se instalan a su alrrededor; la avenida Alemania, población Tucapel, Pueblo Nuevo, la plaza de armas con sus tilos añejos, la feria pinto, el mercado central.

Vivo, sobrevivo, me acerco, rasguño, me entrego, me oculto, atisbo, tiemblo, sudo, jadeo, aprieto, deseo, tiemblo…

Estaba temblando cuando lo encontré escondido en medio de unos matorrales en el Campo Grande. Tenía frió y se notaba que hacía mucho que no comía. Me acerqué lentamente para no asustarlo y le ofrecí el bocadillo que había comprado hace poco. Me miraba con receloso, con miedo, no sabía si fiarse de mi o no. Sonreí para que creyera en mi y quiso imitarme pero no lo consiguió, quién sabe en donde habría perdido su alegría. Cogió el bocadillo temblando y lo engulló rápidamente. Quise acercame más pero su mirada de detuvo.

Mastico, trago, sigo temblando, me apego, me giro, ignoro, escucho pasos…

Un ruido lejano de pasos que se fueron acercando poco a poco hasta escuchar perfectamente el ruido de los tacones y otro pasos mas pesados
- Esto no puede seguir así
- Que es lo que no puede seguir así
- Ya lo sabes, tienes que tomar una decisión
- Lo sé, lo se.
- Lo sabes pero no haces nada,
- Es difícil tu entiendes
- Si te entiendo pero tienes que decidirte y es ahora o nunca.
- Bueno, entonces adiós.
- ¿Es tu última palabra?

Un portazo fue su respuesta.

Corazón de mi existencia

Tus párpados cerrados
tus pupilas sumergidas
en un sueño,
que esta noche,
duerme contigo.

Tus ojos en mis ojos,
y mis dedos rozando tus labios,
me adentro en ellos
y se humedecen,
mientras te estremeces
con mis caricias pasajeras.

Corazón de mi existencia,
siempre presente,
sueño con tus ojos a mi lado
y estamos cerca,
estamos cerca.

(Anónim@)

Las voces

Pes sí, las voces. Yo soy un mandado, a mí las voces me van poniendo los títulos, esas mismas voces que saltan, brincan y rebotan en mi cabeza y me dicen:
Escribe
escribe
escribe...

La voz

La voz que se desdobla en las voces, no sólo en las que saltan, brincan, rebotan y me ponen los títulos, sino también esas otras voces, las voces que oímos, los gritos, los susurros, las palabras... Todo lo que nos trasmiten las voces, los infinitos matices de una voz amiga y...

El misterio de una voz al teléfono

Sí. Los infinitos matices de una voz amiga, y el misterio de una voz al teléfono, pero ahora tengo que hablar sólo de lo segundo.

Esa voz que oímos al teléfono y es misteriosa porque nos gusta, pero no sabemos por qué nos gusta.

Poco importan las palabras

No me conoces...
Me ha dado tu número...
¿Es a las ocho?...
Te bajas del tren en Alcobendas-San Sebastián de los Reyes...
Verás una comisaría...
Sí, la Casa de las Asociaciones...
Pregunta por...

Y lo que realmente importa es la voz, es lo que te llama a ese extraño lugar: la Casa de las Asociaciones.

Y andar buscando una voz

Y andar buscando una voz en un laberinto de calles. Y tardar una hora en darte cuenta de que ese laberinto se llama San Sebastián de los Reyes, cuando debería llamarse Alcobendas...

Y esa voz perdida

Perdida entre las voces, y alrededor una opaca niebla de ladrillo, un turbio atardecer aturdido por el terco viento, una cacofonía de cacos y mercerías, y ferreterías, y pescaderías, y unos cuantos perros, y algún gato.

Y llegar

Tarde. Siempre tarde.

Y que siempre tengas que hacer lo que te dicen las voces

Ya te digo.

LEYENDAS DEL DIOS PATUDO: La araña y el misionero

Creo recordar que fue un ácaro quien me contó la siguiente leyenda:

Un día, el misionero paseeaba por el bosque cuando se encontró con la araña. Dijo el misionero a la araña:

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.

La araña miró al misionero y se dijo:

He aquí un hombre: la imagen y semejanza de Dios.

Después, la araña volvió su atención a sí misma, y, asombrada por sus abundantes patas, las contó con parsimonia:

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Ocho patas.

De nuevo, miró al misionero para contar sus patas:

Una, dos. Sólo dos patas.

Volvió a contemplar sus patas. Se dijo, orgullosa:

Tengo más patas que Dios.

Pero Dios había oído las palabras del misionero, y también había oído los pensamientos de la araña. Ya le había enfurecido el comentario del hombre, que le reducía a un mero bípedo, pero la soberbia de la araña era la gota que colmaba el vaso de la Ira Divina. Decidió castigar a los insolentes.

Entonces, Dios elevó sus infinitas patas, y las dejó caer, todas a la vez, sobre la araña y el misionero. Después, les pisoteó un poco más.

Desde entonces, las arañas tejen sus telas para hacerle calcetines a Dios, y cantan las alabanzas de las infinitas patas de Dios haciendo:

ñiñiñi
ñiñiñi
ñiñiñi


Desde entonces, los misioneros no se hablan con las arañas.

...¿Qué es la vida?
Escuché aquella tarde...

-La vida es la única certeza que poseemos-
...Tú que hablas,
que cuestionas, qué es vida...

- También aquellos que no hablan están vivos-

Porque la vida es...
La existencia, y el mero hecho de sentirnos vulnerables.

Ojos como manos

En pie uno frente al otro sin hablar ni tocarnos , en una estación fuera del tiempo , sin gente , sin trenes , sin ruido , acunados por el silencio de los que tienen todo por decir , le miré apurando los últimos segundos del último adios . Sus ojos me acariciaron como manos y , abrazada contra su corazón , supe que ésta sólo era la primera de muchas últimas despedidas.